domingo, 22 de julio de 2007

Lentamente


El día que cumplió cuatro años, Teresita, sus apreciados y queridos y adorados padres le regalaron un silabario Hispanoamericano para que usted mi palomita tierna aprenda a leer, y un piano nuevo, espléndido, descomunal, de esos con sordina contra reclamos vecinales, para que tocara a don Chopin, y un maravilloso juego de lápices de colores para dibujar y pintar gatos, perros, caballos, paisajes cordilleranos, y un par de zapatillas de ballet importadas, de esas más que súper y archi caras que encargaba a Arica a los amigotes que con asiduidad viajaban para allá a matutear, e hicieron una suculenta y bulliciosa fiestoquita de celebración del cuarto onomástico de la hijita, e invitaron a todos los íntimos que había que agasajar, y la pasaron non plus ultra bailando, riéndose, parloteando, consumiendo todo lo etílico existente, apagando el reloj, mirando las fotos familiares, escuchando tangos viejos, contando chistecillos pimentosos, relajándose, comiéndose hasta el pellejo del pavo y la niñita hermosa, Teruquita, se acuarteló en su dormitorio para dormirse nomás, pero despertó cuando la despabilaron de sopetón para que fuera a hacer unas graciecitas de chiquilina inteligente y despierta, para que fuera a mostrarle a los tíos, allí comiendo, sus increíbles aptitudes, sus dotes de artista; mas, aunque ella estaba sólo para aletargarse, le tocó bailar un mambo de Pérez Prado muy sonriente, recitarse tres poemas de Gabriela Mistral sin olvidarse, y de aperitivo le pidieron que cantara la Marsellesa de la cabeza a la cola por favor, y ella, talentosa, perspicaz, sutil, la cantó de punta a rabo sin equivocarse; entonces los tíos felicitaron a los progenitores, les palmotearon las espaldas, los adularon por los extraordinarios e impresionantes resultados obtenidos con la chicoca, y la señora y su marido y sus respectivos orgullos se envanecieron, se convencieron que el rolcito que tomaron estaba siendo cumplido a las mil mariposas, que lo inicialmente incierto era de verdad una verdad verdadera, que la heredera iba viento en popa, que no le habían errado a ninguno de los objetivos planificados, y dieron las gracias agradecidos por las loas y abrazos recibidos, se despidieron maquinalmente de los tíos y tías que se marchaban y se fueron como balas al cuarto de la Teruca que una vez más se había acuartelado; la redespertaron con susurritos, acariciándola, mi niña linda, preciosa, ojitos de su papá, y la mami abrió el silabario regalado y le enterró las primeras letras en el cerebro a su tortolita, y que la "p" con la "a" es pa, la "t" con la "o" se lee to, que las cuatro juntas se leen pato, y que ya estaba matriculada en un curso de piano con un caballero simpático y buena persona, don Marmolejo, y los lápices se toman así mijita linda, eso es, así, si es facilito, y el próximo año va a entrar a un curso de danza mi paloma chiquitita, no importa que nos resulte caro, lo importante es que aprendas ballet, porque tú tienes muchísima gracia en el cuerpo y las niñitas hermosas tienen que aprender a bailar tesorito mío, y ahora que estás un año más grandecita vas a tener que ir a la escuela dominical, y para que vayas sabiendo lo que es el colegio vas a empezar en el jardín infantil con la tía Mimí; y la Tere pequeñita sujetaba, sostenía sus párpados a fuerza de escuchar profecías y planes futuristas y prometedores, y decía que sí papá, claro mamá, bueno, que bonito, y se quedó profundamente despierta cuando sus idolatrados se despidieron con el acostumbrado besito en la mejilla y le dijeron buenas noches hija, duerme bien.

A los ocho años ya sabía hablar francés como una francesa cualquiera, chapoteaba en el inglés sin haber leído en su vida ni los verbos, escribía sin errores ni dudas las composiciones que le daba su maestro, se paseaba por Chopin con soltura, destreza y sin complejos, sobre aquel monstruito negro y con pedales deambulaban sus deditos, atiborrándose de notas involuntarias, escaleando, bailando con exactitud todas las semanas, cada lunes practicaba, y la escuela dominical se transformó en una ineludible tradición obligatoria, era una de las más puntuales, la más sensata, la mejorcita del coro, la más sobresaliente en el colegio; si hasta Horacio Reinaudo, su profesor de la primaria, la perseguía intranquilo, preocupando, inquieto, para aconsejarle que no estudiara tanto, para que le diera un poquito más de tiempo a las muñecas, para que ella, la Teresita buena, encontrara de cuando en vez a sus amigos; pero los amigos hacía bastante tiempo que se habían desanimado de la mocosita linda, habilosa, tierna, desvelos de su mamá, porque la encontraban flor de aburrida, algo así como que un poquitín insípida, para adentro, pesada, y ella, sin variaciones, fiel a su rutina, le seguía dando al aprendizaje integral, a los consuetudinarios acuartelamientos en el dormitorio, a su oscuridad de nochebuena, e iba y venía según la llamaran o la ignoraran, total, entre ir y venir, todo era sí, sin modificaciones, sí papá, sí mamá, sí a lo que viniera, y los viejos que no entendían nunca, jamás, en ningún caso, y ahora presumían aún más de los asombrosos resultados por ellos obtenidos, del clavelcito de hija que se gastaban, y la Teruquita, ensolidarisada, se inclinó, sin meditaciones previas, por los mariscos y encebollados picantes que le gustaban al papi, por el flan de sesos con salsa blanca y por los fritos de acelga que enloquecían a la mamá, por los boleros de Javier Solís que enternecían a sus creadores, y ya sabía, más o menos así como que por simpatía hereditaria, lo que ellos iban a pensar antes de que lo pensaran, y claro, pensaba calcado, igualito pensaba.

Un domingo, cuando la señora abuela estaba almorzando de visita no esperada en la casa, los guiadores padres, inmodestos, fatuos, presumidos, le empezaron a contar a la visitante dama las innumerables gracias que la princesita bella podía hacer, lo responsable que era, la cumplidora y juiciosa y madura que estaba, y la madre de la madre dijo hija de su madre tiene que ser y por supuesto que de su padre también, soltó unas lagrimillas emocionada, conmovida, chochita, levantó su espontánea terneza como pudo, se paró, abrazó zalamera a su nieta más querida que se estaba tragando, toda oídos, las lentejas domingueras, y al centímetro del tímpano prometió regalarle un microscopio grande, de esos con lamparita para mirar alas de moscas muertas, si seguía así, y la Teruca quiso, pensó decir algo, algo sobre lo que los del claustro pleno estaban conversando, pero la llevaron a un silencio de iglesia rural, a no dejarla expresar sus pensamientos; porque estas son conversaciones de adulto mijita linda, y los niños se tienen que dedicar a sus cosas de niño y nada más ¿lo entiendes, verdad? Pero no te preocupes, ya te llegará la hora, y la Tere enanita siguió comiéndose el almuerzo con obediencia, calladita, observando, escuchando a sus adorados que seguían dándole a la manivela con la abuelita Isolina, informándole con meticulosidad sobre la última maravilla que descubrieron, sobre lo importante que era dejar que la criatura decidiera por sí misma, que en definitiva, se desarrollara sola; porque la Teresita no necesita que se anden preocupando de ella, porque la Teresita ya está grandecita, porque la Teresita es más que inteligente, porque la Teresita a madurado más que mucho, porque la Teresita se las puede arreglar sin que la andemos controlando ni empujando ni castigando; aunque, a decir verdad, nunca la hemos sancionado, no, de ninguna manera, en efecto, en ningún caso; porque no ha habido necesidad ¿verdad? Y la cachorrita linda, ni triste ni alegre ni nada, se levantó en silencio sin molestar, se fue a la cocina agobiada sin saber, tomó todos los platos existentes con sus manitos de castaña sin pensar, lanzó retodita la loza al suelo sin mirar, sin observar el polen de platos que dejó; entonces la abuela gritó cómo, la mamita pensó corro, y el papi, moderado por oficio, reposado por tradición, manso, consecuente, no dijo ni agua va, barrió flemático la masacre de vajilla, sin reproches, silbando, y volvió sonriente a la mesa, a la tertulia familiar.

Lentamente, sin saber ni cómo, se fue desinteresando por el piano. Ensayaba con desidia, las notas no entraban a través de sus ojitos marrones y de abeja. Las sonatas y preludios y nocturnos de don Federico le resultaban con indiferencia indiferentes, con cierto gusto a agua. Y una tarde, cuando notó que las yemas de sus dedos se tornaron transparentes como el cristal de su microscopio, se olvidó sin prisa de tocar y de todas las oraciones e himnos que aprendió durante cuatro años en la escuela dominical.

No fue nunca más a las leccioncitas de baile para niñitas lindas ojitos de su papá; dormía nomás, se enclaustrofobiaba acurrucadita en su dormitorio. El francés, su adorado idioma, ya no le daba ni para contar hasta diez, ni para decir "buenos días" le alcanzaba. Y el apetito se le fue escabullendo de poco a poquito, con disimulo, y la Teresita se empezó a enanizar, a descolorarse, a ponerse paliducha, a dejar de ser la más puntual, la mejorcita del coro, la primera del curso. Seguía durmiendo en su habitación acuartelada, y ya no eran sólo las yemas de sus dedos las que se trasparentaban, los brazos también; así que cuando se miraba, veía únicamente la diáfana silueta de sus miembros superiores, que aunque no se veían bien aún estaban, y ella seguía de igual forma estando; pero nadie lo notaba. Los boleros de Javier Solís le empezaron a resultar absolutamente desconocidos, lejanos, ajenos, inentendibles para sus oídos de tesorito mío, y los poemas de Gabriela Mistral desaparecieron de su memoria, y los sonrientes mambos de Pérez Prado se fueron diluyendo con lentitud de sus músculos así como que por encanto. Y proseguía diciendo que sí, que sí, que bueno, hasta que un día no dijo nada, se quedó calladita nomás, silenciosa; pero decididamente nadie se percató.

A veces, por las noches, su organismo reaccionaba amnésico y se ponía de un color azul mediterráneo, un azul límpido, vacío, solitario; pero cuando el alba se colaba con lentitud por sus poros, volvía a su cristalina realidad, a esas inmensas ganas de dormir incomunicada, hermética, lo mismo que un ermitaño silencioso, casi inexistente ya, sordo. Y una mañana, cuando la mocosita hermosa, tierna, clavelcito de hija, desvelos de su mamá, fue al baño para lavar su enflaquecido e infantil cuerpecito, se dio cuenta, al mirarse en el espejo, que ya no estaba, que se había esfumado hacia lo invisible, hacia la nada, que se había desvanecido lentamente.

De Carlos Smith

Gran Premio Revista La Bicicleta.


Jurado: Jorge Edwards. Marco Antonio de la Parra Martín Cerda. Antonio de la Fuente.